
La langosta es un animal suave y pulposo que vive dentro de un caparazón rígido. ¿Quién lo diría, verdad? Ese caparazón no se expande. Es como una armadura de hierro. Entonces, ¿cómo crece la langosta? A medida que va creciendo, el caparazón se vuelve una gran limitante y la langosta se siente bajo mucha presión. Muy incómoda. No le queda más remedio que quitarse esa armadura que se le ha quedado pequeña. Se va debajo de una formación de piedras para protegerse de los depredadores y se deshace de su caparazón, pero produce uno nuevo. Eventualmente, ese caparazón también se vuelve muy incómodo cuando crece, entonces vuelve a las rocas y cambia nuevamente su caparazón. La langosta repite este proceso una y otra vez a lo largo de su vida. El estímulo que permite a la langosta crecer es el sentirse incómoda. Ahora, imagínate si las langostas tuvieran médico. Nunca crecerían, porque cuando se sintieran incómodas, irían para conseguir un Valium o un Ibuprofeno y todo estaría bien. Nunca se quitarían el caparazón.
Ahora imagina que eres una langosta. Sí, una langosta. Suave, pulposa, con una coraza que parece más una cárcel que una armadura. Todo bien al principio, pero a medida que creces, esa cáscara rígida empieza a apretar, como cuando te pones unos pantalones que ya no te sirven porque has cogido unos kilos de más. Incómodo, ¿verdad?
¿Qué hace la langosta? ¿Se queja? ¿Pone un mensaje dramático en sus redes sociales? ¿Va al médico para que le recete un ansiolítico? No. Se esconde bajo unas rocas, se quita el caparazón y fabrica uno nuevo.
Aparte de la ironía, esta metáfora encierra una gran verdad de la vida: el crecimiento duele, incómoda, pero es la única forma de evolucionar y de crecer.
Pero también es muy humano atrincherarse en la comodidad. Sin embargo, es una comodidad aparente, pues estamos atrapados en un caparazón que nos oprime, que nos aprieta, que nos asfixia. La langosta no se resigna a una vida de opresión crustácea. Y nosotros tampoco deberíamos. A veces buscamos alternativas, alivios, autoengaños para seguir dentro de nuestro caparazón. Tenemos tantos estímulos y sucedáneos en nuestra sociedad que hasta parece que podamos estar bien. Las langostas no tienen nada que les alivie. Nosotros, sí, y quizá tengamos la falsa sensación de que estamos bien. Y adiós al crecimiento.
Y aquí es donde la metáfora nos pega de lleno: la incomodidad no es sufrimiento gratuito, es una señal de que es hora de cambiar, de adaptarnos, de deshacernos de lo que no nos deja avanzar. A veces, nuestro caparazón es una mochila invisible cargada de miedos, inseguridades, creencias autolimitantes y ese falso confort que nos dice: «mejor quédate donde estás, aquí no pasa nada malo». Pero tampoco pasa nada bueno.
Nada cae del cielo, excepto la lluvia y, con suerte, algún descuento sorpresa en tu tienda favorita. El resto hay que ganárselo. Y sí, es incómodo. Pero cada vez que nos sacudimos lo que nos pesa, nos hacemos más fuertes, más listos, más capaces. Como la langosta, que no se conforma con un caparazón que le queda pequeño.
Este principio es aplicable a todas las áreas de tu vida. ¿Te sientes estancado en tu trabajo? Quizás es hora de desarrollar nuevas habilidades, asumir más responsabilidades o incluso buscar nuevas oportunidades. ¿Tus relaciones personales te asfixian? Puede ser el momento de replantearlas, de soltar aquellas que ya no aportan y fortalecer las que realmente suman. ¿Tienes un sueño o proyecto que no te atreves a iniciar por miedo al fracaso? Tal vez es momento de enfrentarlo y de ver de qué estás hecho.
El cambio da miedo. Es incómodo. Nos obliga a cuestionarnos, a salir de la zona de confort y enfrentar la incertidumbre. Pero es la única forma de crecer. Las langostas no crecen cómodamente dentro de un caparazón viejo y nosotros tampoco. Nos toca aprender a reconocer esas señales de incomodidad como lo que realmente son: oportunidades disfrazadas de crisis. Además, nuestra amígdala cerebral nos ayuda. Nos da pequeños toques, pequeños impulsos para que nos pongamos en marcha. Es como un deseo ardiente. Pero la amígdala no lo hace todo por nosotros. Imagina esta otra metáfora: la amígdala puede apretar el botón de contacto del coche y arrancarlo; pero a ti te toca meter la marcha y apretar el acelerador. No te quedes con tu coche interior arrancado. Esperando, ¿a qué?
Así que la próxima vez que sientas esa presión, esa incomodidad, en lugar de huir, pregúntate: ¿será hora de cambiar de caparazón? Porque, al final, el crecimiento no es opcional; es una necesidad. Y quienes se atreven a abrazarlo son los que realmente evolucionan.
Los tiempos de estrés también son signos de crecimiento y, si utilizamos la adversidad de manera correcta, podemos crecer a través de la adversidad…
Y escucha y sigue las pequeñas pulsiones de tu amígdala cerebral. Quiere ayudarte.
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